Sandra Mangas
DOCENCIA, SIMULACIÓN EMPRESARIAL E IA

Lo que no se ve de dos horas de clase

Estoy cansada de que a los docentes se nos tilde de vagos, como colectivo. Me parece profundamente injusto leer o escuchar que no trabajamos ni queremos trabajar. Es descorazonador. Lo encuentro cada vez con más frecuencia en mi entorno y en redes sociales, en comentarios que reducen nuestro trabajo a las horas que pasamos delante del alumnado. Todo el mundo parece tener muy claro cómo es una profesión que, en muchos casos, desconoce profundamente.

Habitualmente sigo adelante y no entro a discutir. Pero cada vez me parece más necesario visibilizar qué hay detrás de nuestro trabajo, y hoy quiero contar qué hay detrás de algunas de mis clases. Porque esa parte del trabajo también merece ser conocida y reconocida.

Hablo desde mi experiencia como profesora de Formación Profesional, en la especialidad de Administración de Empresas. Ya sabéis que en mis clases utilizo la metodología de simulación empresarial. El alumnado asume responsabilidades en una empresa ficticia: recibe pedidos, elabora albaranes y facturas, prepara impuestos, hace conciliaciones bancarias, lanza campañas de marketing, gestiona la web de la empresa y la tienda virtual, registra operaciones, participa en ferias internacionales o responde correos en un entorno que simula el real. Los contenidos de cada módulo se trabajan dentro de situaciones profesionales que permiten comprender para qué sirven y cómo se relacionan, y alcanzar así los resultados de aprendizaje de una manera cercana al entorno laboral.

Para que el alumnado pueda entrar en ese entorno simulado y ponerse a trabajar, antes hay que construirlo. Darle forma y personalidad a esa empresa simulada, como os contaba al principio del curso pasado. Hay que decidir qué va a suceder, qué se pretende aprender, qué información necesita cada participante y qué documentos deben estar disponibles. Pensar qué conocimientos se dan por adquiridos, qué dificultad nueva se introduce y qué apoyos harán falta. Cuando trabajas sin un libro de texto que organice la secuencia de actividades, tanto la secuenciación como el recorrido y todos los materiales tiene que diseñarlos el docente.

Un pedido que llega al correo de la empresa puede parecer un documento sencillo. Detrás hay un proceso de planificación y secuenciación de contenidos, decisiones sobre productos, cantidades, precios, descuentos, transporte y condiciones de pago. Después hay que elaborar el resto de los documentos: albaranes, facturas, correos, declaraciones de impuestos, nóminas, comisiones bancarias, préstamos, publicaciones en redes sociales… Y comprobar que todo encaja.

También es necesario resolver la práctica antes de planteársela al alumnado. Hacer los cálculos, elaborar las facturas, contabilizar las operaciones y comprobar los resultados. Calcular los tiempos. Detectar información que falta, errores o dificultades para las que el alumnado todavía no está preparado. A veces hay que rehacer una parte importante de lo que ya estaba elaborado. Hay, además, que preparar adaptaciones para alumnado que necesita más apoyo o que puede llegar a más. Preparar manuales de apoyo, ejercicios adicionales, videotutoriales… Todo eso sucede antes de empezar la clase.

Parte de estas herramientas y materiales se puede reutilizar, por supuesto. Pero cambiar de módulos obliga a replantear contenidos, secuencias, prácticas y evaluación. Este curso cumpliré 23 años como profesora, 21 como funcionaria de carrera, y vuelvo a impartir dos módulos nuevos. Curso tras curso, por un motivo u otro, me ha tocado preparar una parte importante de mi trabajo desde cero. La experiencia ayuda, pero ese trabajo hay que hacerlo igualmente.

Y antes incluso de poner en marcha esas actividades, hay que conseguir que la clase pueda darse en condiciones. Este curso tengo que acoger a 30 alumnos en aulas que no están preparadas para ese número de personas, ni por espacio ni por medios. Hablo de cosas tan básicas como disponer de sillas, mesas y ordenadores suficientes y de un espacio en el que poder trabajar. También nos toca movilizarnos para conseguir esos recursos: pedirlos, insistir, buscar equipos disponibles y reorganizar el aula. En la práctica, es el docente quien mueve mesas y ordenadores, instala programas cuando es posible y se busca la vida cuando los equipos o los medios necesarios no llegan. La falta de recursos acaba convirtiéndose en otra tarea que tenemos que resolver. Ese esfuerzo también forma parte de lo que hay detrás de una clase, aunque rara vez se tenga en cuenta.

Es verdad que, en los últimos cursos, la inteligencia artificial me está permitiendo ampliar mucho las posibilidades de mi trabajo en simulación. La estoy utilizando para crear materiales, recursos, aplicaciones y entornos adaptados a las situaciones profesionales que quiero plantear. De ahí han surgido este curso la Central de Simulación, FactuConta y una centralita virtual, entre otros recursos.

La Central de Simulación permite que la empresa del aula tenga un entorno virtual con el que relacionarse: clientes, proveedores, bancos y organismos públicos simulados. Hay comunicaciones, documentos y servicios que dan continuidad a las actividades. Un encargo puede llegar mediante un correo. Para atenderlo hay que consultar documentación, interpretar lo que se solicita y decidir cómo actuar. Después puede aparecer un movimiento bancario que deba comprobarse o una incidencia que obligue a revisar el trabajo. Preparar ese recorrido exige pensar tanto en cada tarea como en la relación entre todas ellas.

FactuConta permite trabajar la facturación y la contabilidad de la empresa. Lo estoy desarrollando con ayuda de la IA porque, con las limitaciones por motivos de seguridad que nos impone la Consejería de Educación en Castilla y León, resulta complicadísimo trabajar con programas de gestión reales. Este curso, desesperada ya por los constantes problemas para usar los programas en el aula, he decidido crear yo misma una herramienta propia que toma como referencia la forma de trabajar con Aplifisa, el programa con el que suelo trabajar. Así, el alumnado puede elaborar la documentación comercial y contabilizar con un programa que funciona en el navegador y que me permite trabajar sin depender de la instalación de software en los equipos de «Escuelas Conectadas».

Crear una herramienta así implica definir procesos, probarlos, revisar resultados y corregir errores. Guiar a la IA paso a paso para que reproduzca los movimientos y las conexiones del programa de referencia. Hay que comprobar qué ocurre al aplicar un descuento, registrar una devolución o rectificar una factura. Una aplicación puede parecer terminada y necesitar todavía muchas revisiones para funcionar correctamente. Voy por la versión 91, para que os hagáis una idea, y veremos cuándo acabe el curso.

FactuConta. Registro y consulta de operaciones contables.

También he creado una centralita virtual de ARREA, que es la empresa simulada con la que trabajo este curso para practicar la atención telefónica. Podemos practicar llamadas de clientes, atender varias llamadas, ponerlas en espera o transferirlas al departamento correspondiente. Llevo años queriendo tener una centralita en clase, sin éxito, para poder preparar mejor al alumnado para atender llamadas telefónicas. Es una competencia que muchas empresas nos reclaman a los centros. Ahora, gracias a la IA, por fin tengo mi centralita virtual.

Centralita de ARREA. Atención telefónica y gestión de llamadas desde recepción.

Pero para utilizarla en clase tengo que preparar quién llama, qué necesita, qué información conoce cada participante y qué dificultad queremos trabajar. Una consulta sencilla, una queja o varias llamadas simultáneas requieren situaciones y apoyos diferentes. Durante la práctica puedo estar interpretando a una clienta, observando cómo se atiende la llamada y tomando notas para comentarlas después. Antes ha habido que construir y probar la herramienta, preparar el caso y decidir qué aspectos se van a valorar. Luego hay que dar feedback personalizado a 30 alumnos. Y hablamos solo de uno de los módulos que imparto este curso.

Este es uno de los usos de la IA que más posibilidades me está abriendo en las empresas simuladas: crear entornos completos en los que aprender trabajando.

Puedo reproducir casi todo el entorno profesional: desarrollar las comunicaciones que ponen en marcha una actividad, los documentos necesarios, las herramientas con las que se realiza y las incidencias que obligan a pensar. Puedo adaptar la complejidad y modificar las situaciones a partir de lo que observo en clase. Todo ello exige criterio profesional y docente. Tengo que explicar con precisión lo que necesito, revisar lo que genera la IA y comprobar que es correcto y adecuado. La responsabilidad sobre lo que llevo al aula sigue siendo mía.

La IA me potencia como docente, no me sustituye.

A lo largo de los años, mi papel como profesora también ha ido cambiando. No me entendáis mal: esto no va de la sempiterna lucha entre el conocimiento y las competencias que sigue poblando las redes docentes. Yo no veo enfrentamiento. Sigo impartiendo de vez en cuando clases magistrales y explicando contenidos. Hay conceptos que necesitan una exposición clara, un ejemplo resuelto o una práctica tradicional en papel para ordenar lo aprendido.

Pero también veo necesario, imprescindible en FP, que el alumnado ponga en práctica sus conocimientos y desarrolle competencias que son las que, al final, le van a permitir desenvolverse en el entorno profesional. Con la simulación empresarial, el acompañamiento por parte del docente es otro elemento esencial: observar, orientar, ayudar a revisar decisiones y saber cuándo y cómo intervenir. Ese papel de coach requiere atención constante a lo que está haciendo el alumnado y a las dificultades que encuentra. Y llevar registros diarios.

Ahora, con la IA, me doy cuenta de que en los últimos cursos una parte muy importante de mi trabajo consiste en crear las situaciones de aprendizaje para mi alumnado. Explicar, acompañar y diseñar se combinan durante una misma sesión.

La sociedad ve dos horas de docencia directa. Detrás hay horas y horas de formación, planificación docente, preparación de materiales y resolución de problemas.

Y cuando termina la clase todavía queda mucho trabajo por hacer: revisar los productos finales, recoger evidencias de aprendizaje y anotar lo que ha ocurrido: quién ha necesitado apoyo, qué errores se repiten, qué debemos retomar y qué conviene cambiar. A veces ese registro y esa reflexión ocupan otra hora después de la sesión.

Ahí, de nuevo, la IA me ayuda en la labor, dado que el diario docente en el que llevo ese seguimiento lo gestiono con una herramienta digital que he creado con ayuda de inteligencia artificial. La utilizo también para desarrollar recursos con los que organizar mi propio trabajo y dar continuidad a lo que observo en el aula.

A todo ello se suma la carga burocrática: elaborar y revisar programaciones, redactar memorias, registrar las calificaciones por resultados de aprendizaje (RA) y cumplimentar la documentación que se nos exige. La evaluación requiere observar, corregir, valorar y, además, dejar constancia de todo ello. La burocracia ocupa tiempo real de nuestra jornada, un tiempo que también cuenta como trabajo aunque no estemos delante del alumnado.

La cantidad de trabajo de un docente puede ser ingente. Y buena parte de ese trabajo resulta invisible para el alumnado, las familias y la sociedad.

Acercar la FP a la realidad laboral requiere actualizar conocimientos, revisar procedimientos, conocer herramientas y ajustar continuamente las actividades. Además de enseñar lo que sabemos, tenemos que seguir aprendiendo.

Este es mi ejemplo. Otros docentes podrían explicar el trabajo que hay detrás de sus clases, con otros métodos, recursos y circunstancias. El respeto a nuestra profesión debería abarcar esa diversidad, sin exigir que cada profesor desarrolle sus propias aplicaciones para demostrar que trabaja. Me gustaría que se hablara de educación con más conocimiento de lo que sucede dentro y fuera del aula. Que la preparación, la evaluación, el seguimiento y la actualización profesional contaran también cuando se juzga nuestra dedicación.

La mayoría de los docentes que conozco son así: se dejan la vida para formar a su alumnado. Casi nunca recibimos un agradecimiento; a veces llega el de algún alumno, y significa mucho. No cobramos más por este trabajo, ni nos cuenta para la competencia digital docente ni para la carrera docente. Nos complicamos así la vida porque creemos que es la mejor forma de formar a nuestro alumnado.

También hay docentes que no se implican como deberían. Haberlos, haylos. Pero, entre los que conozco, son la excepción. Y me parece injusto que esa excepción sirva para juzgar a toda una profesión.

Las horas lectivas son la parte más visible de nuestro trabajo. Reducir toda la jornada a ellas borra una parte esencial de lo que hacemos.

Si de verdad queréis conocer cómo es el trabajo de una docente, os invito a venir a mi aula. Estaré encantada de enseñaros cómo trabajamos y contaros cómo preparo mis clases. Mi puerta está siempre abierta.

TEACHING, BUSINESS SIMULATION AND AI

What you don’t see behind two hours in the classroom

I am tired of teachers being labelled lazy as a profession. I find it deeply unfair to read or hear that we do not work and do not want to work. It is disheartening. I come across it increasingly often around me and on social media, in comments that reduce our work to the hours we spend in front of students. Everyone seems to know exactly what a profession is like when, in many cases, they know very little about it.

I usually carry on without getting into an argument. But I increasingly feel the need to make the work behind our teaching visible, and today I want to explain what goes into some of my classes. That part of our work deserves to be understood and recognised too.

I am speaking from my experience as a vocational education and training teacher specialising in Business Administration. As you know, I use business simulation in my classes. Students take on responsibilities in a practice enterprise: they receive orders, prepare delivery notes and invoices, complete tax returns, reconcile bank statements, launch marketing campaigns, manage the company website and online shop, record transactions, take part in international trade fairs and answer emails in an environment that simulates a real business. The content of each module is explored through professional situations that help students understand what it is for and how it connects, allowing them to achieve the learning outcomes in a setting close to the workplace.

Before students can enter that simulated environment and start working, someone has to build it. Give that practice enterprise its shape and personality, as I explained at the beginning of last academic year. We have to decide what will happen, what students should learn, what information each participant needs and which documents must be available. Think about the knowledge they are expected to have already, the new difficulty being introduced and the support they will need. When you work without a textbook to organise the sequence of activities, the teacher has to design the sequence, the learning journey and all the materials.

An order arriving in the company inbox may look like a simple document. Behind it lies a process of planning and sequencing content, with decisions about products, quantities, prices, discounts, transport and payment terms. Then the rest of the documents have to be created: delivery notes, invoices, emails, tax returns, payslips, bank charges, loans, social media posts… And everything has to fit together.

It is also necessary to work through the assignment before giving it to students. Do the calculations, prepare the invoices, enter the transactions and check the results. Estimate the time needed. Identify missing information, errors or difficulties that students are not yet ready for. Sometimes a substantial part of the work already prepared has to be redone. We also need adaptations for students who need more support or are ready to go further. Supporting guides, additional exercises, video tutorials… All of this happens before the lesson begins.

Some of these tools and materials can be reused, of course. But changing modules means rethinking content, sequences, assignments and assessment. This academic year will mark 23 years as a teacher and 21 as a permanent civil servant, and once again I am teaching two new modules. Year after year, for one reason or another, I have had to prepare a significant part of my work from scratch. Experience helps, but the work still has to be done.

And before we can even put those activities into practice, we have to make sure the class can take place in suitable conditions. This year I have to accommodate 30 students in classrooms that are not equipped for that number, either in terms of space or resources. I mean things as basic as enough chairs, desks and computers, and room to work. We also have to take action to obtain those resources: request them, follow up, find available equipment and reorganise the classroom. In practice, it is the teacher who moves desks and computers, installs software where possible and finds a way to manage when the equipment or resources do not arrive. A lack of resources becomes yet another task for us to solve. That effort is also part of what goes into a lesson, although it is rarely taken into account.

It is true that, over the last few academic years, artificial intelligence has greatly expanded the possibilities of my work in business simulation. I am using it to create materials, resources, applications and environments tailored to the professional situations I want students to encounter. This year, that work has led to the Central de Simulación, FactuConta and a virtual switchboard, among other resources.

The Central de Simulación gives our classroom company a virtual environment to interact with: simulated customers, suppliers, banks and public bodies. Communications, documents and services provide continuity between activities. An assignment might arrive by email. To deal with it, students need to consult documents, interpret the request and decide what to do. A bank transaction may then appear that needs checking, or an incident may require them to revisit their work. Preparing that sequence means thinking about each task and the connections between them.

FactuConta lets students work on the company’s invoicing and accounting. I am developing it with AI because the security restrictions imposed by the education authorities in Castilla y León make it extremely difficult to use real business management software. This year, frustrated by the constant problems using the programs in class, I decided to create my own tool, taking the workflow of Aplifisa, the software I usually use, as a reference. Students can prepare commercial documents and keep accounts in a program that runs in the browser, without relying on software being installed on the “Escuelas Conectadas” computers.

Creating a tool like this involves defining processes, testing them, reviewing results and fixing errors. Guiding the AI step by step so it reproduces the operations and connections in the reference program. Checking what happens when a discount is applied, a return is recorded or an invoice is corrected. An application may look finished and still need many revisions before it works correctly. To give you an idea, I am on version 91, and we will see where I am by the end of the academic year.

FactuConta. Recording and reviewing accounting transactions.

I have also created a virtual switchboard for ARREA, the practice enterprise I am using this year to teach telephone skills. We can practise customer calls, handle several calls, put callers on hold or transfer them to the appropriate department. For years I have wanted a switchboard in the classroom, without success, so I could better prepare students to handle phone calls. It is a skill that many employers ask training centres to teach. Now, thanks to AI, I finally have my virtual switchboard.

ARREA switchboard. Telephone service and call handling at reception.

But to use it in class, I have to prepare who is calling, what they need, what information each participant has and the difficulty we want to work on. A simple enquiry, a complaint and several simultaneous calls require different situations and support. During the practice, I may be playing a customer, observing how the call is handled and taking notes to discuss afterwards. Beforehand, I have had to build and test the tool, prepare the scenario and decide what will be assessed. Then I have to give personalised feedback to 30 students. And that is just one of the modules I teach this year.

This is one of the uses of AI that is opening up the most possibilities for me in practice enterprises: creating complete environments in which students learn by working.

I can reproduce almost the whole professional environment: develop the communications that set an activity in motion, the documents needed, the tools used to complete it and the incidents that make students think. I can adapt the complexity and modify situations in response to what I observe in class. All of this requires professional and teaching judgement. I have to explain precisely what I need, review what the AI produces and check that it is correct and appropriate. I remain responsible for what I bring into the classroom.

AI empowers me as a teacher; it does not replace me.

Over the years, my role as a teacher has also changed. Do not misunderstand me: this is not about the never-ending battle between knowledge and competences that still fills teachers’ social media feeds. I do not see a conflict. I still give lectures from time to time and explain content. Some concepts need a clear explanation, a worked example or a traditional paper-based exercise to help organise what students have learned.

But I also believe it is necessary, indeed essential in vocational education, for students to put their knowledge into practice and develop the competences that will ultimately help them function in the workplace. In business simulation, teacher guidance is another essential element: observing, offering direction, helping students review decisions and knowing when and how to intervene. That coaching role requires constant attention to what students are doing and the difficulties they encounter. And daily records.

Now, with AI, I realise that in recent years a very significant part of my work has involved creating learning situations for my students. Explaining, guiding and designing come together within a single lesson.

Society sees two hours of classroom teaching. Behind them are hours and hours of professional development, lesson planning, preparing materials and solving problems.

And when the lesson ends, there is still a great deal to do: review the final products, collect evidence of learning and record what happened. Who needed support? Which mistakes keep recurring? What do we need to revisit and what should we change? Sometimes that recording and reflection take another hour after the lesson.

Here, again, AI helps me, because I keep my teaching diary and follow-up records in a digital tool I created with the help of artificial intelligence. I also use AI to develop resources for organising my own work and following through on what I observe in the classroom.

On top of all this comes the administrative workload: drafting and reviewing teaching programmes, writing end-of-year reports, recording grades by learning outcome and completing the documentation required of us. Assessment involves observing, marking, making judgements and also keeping records of it all. Paperwork takes real time out of our working day, time that counts as work even when we are not in front of students.

A teacher’s workload can be enormous. And much of that work remains invisible to students, families and society.

Bringing vocational education closer to the workplace requires updating our knowledge, reviewing procedures, learning about tools and continually adjusting activities. As well as teaching what we know, we have to keep learning.

This is my example. Other teachers could explain the work behind their lessons, using different methods and resources and working in different circumstances. Respect for our profession should embrace that diversity, without requiring every teacher to develop their own applications to prove they work. I would like discussions about education to be better informed about what happens inside and outside the classroom. For preparation, assessment, follow-up and professional development to count too when our dedication is judged.

Most of the teachers I know are like this: they pour their lives into educating their students. We rarely receive a word of thanks; sometimes it comes from a student, and it means a great deal. We are not paid more for this work, and it does not count towards recognition of our digital teaching competence or our career progression. We make our lives more complicated because we believe this is the best way to educate our students.

There are also teachers who do not put in the effort they should. Of course there are. But among the teachers I know, they are the exception. And I find it unfair that this exception should be used to judge an entire profession.

Classroom teaching is the most visible part of our work. Reducing the whole working day to those hours erases an essential part of what we do.

If you really want to know what a teacher’s work is like, I invite you to visit my classroom. I would be delighted to show you how we work and tell you how I prepare my lessons. My door is always open.

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