Estoy cansada de que a los docentes se nos tilde de vagos, como colectivo. Me parece profundamente injusto leer o escuchar que no trabajamos ni queremos trabajar. Es descorazonador. Lo encuentro cada vez con más frecuencia en mi entorno y en redes sociales, en comentarios que reducen nuestro trabajo a las horas que pasamos delante del alumnado. Todo el mundo parece tener muy claro cómo es una profesión que, en muchos casos, desconoce profundamente.
Habitualmente sigo adelante y no entro a discutir. Pero cada vez me parece más necesario visibilizar qué hay detrás de nuestro trabajo, y hoy quiero contar qué hay detrás de algunas de mis clases. Porque esa parte del trabajo también merece ser conocida y reconocida.
Hablo desde mi experiencia como profesora de Formación Profesional, en la especialidad de Administración de Empresas. Ya sabéis que en mis clases utilizo la metodología de simulación empresarial. El alumnado asume responsabilidades en una empresa ficticia: recibe pedidos, elabora albaranes y facturas, prepara impuestos, hace conciliaciones bancarias, lanza campañas de marketing, gestiona la web de la empresa y la tienda virtual, registra operaciones, participa en ferias internacionales o responde correos en un entorno que simula el real. Los contenidos de cada módulo se trabajan dentro de situaciones profesionales que permiten comprender para qué sirven y cómo se relacionan, y alcanzar así los resultados de aprendizaje de una manera cercana al entorno laboral.
Para que el alumnado pueda entrar en ese entorno simulado y ponerse a trabajar, antes hay que construirlo. Darle forma y personalidad a esa empresa simulada, como os contaba al principio del curso pasado. Hay que decidir qué va a suceder, qué se pretende aprender, qué información necesita cada participante y qué documentos deben estar disponibles. Pensar qué conocimientos se dan por adquiridos, qué dificultad nueva se introduce y qué apoyos harán falta. Cuando trabajas sin un libro de texto que organice la secuencia de actividades, tanto la secuenciación como el recorrido y todos los materiales tiene que diseñarlos el docente.
Un pedido que llega al correo de la empresa puede parecer un documento sencillo. Detrás hay un proceso de planificación y secuenciación de contenidos, decisiones sobre productos, cantidades, precios, descuentos, transporte y condiciones de pago. Después hay que elaborar el resto de los documentos: albaranes, facturas, correos, declaraciones de impuestos, nóminas, comisiones bancarias, préstamos, publicaciones en redes sociales… Y comprobar que todo encaja.
También es necesario resolver la práctica antes de planteársela al alumnado. Hacer los cálculos, elaborar las facturas, contabilizar las operaciones y comprobar los resultados. Calcular los tiempos. Detectar información que falta, errores o dificultades para las que el alumnado todavía no está preparado. A veces hay que rehacer una parte importante de lo que ya estaba elaborado. Hay, además, que preparar adaptaciones para alumnado que necesita más apoyo o que puede llegar a más. Preparar manuales de apoyo, ejercicios adicionales, videotutoriales… Todo eso sucede antes de empezar la clase.
Parte de estas herramientas y materiales se puede reutilizar, por supuesto. Pero cambiar de módulos obliga a replantear contenidos, secuencias, prácticas y evaluación. Este curso cumpliré 23 años como profesora, 21 como funcionaria de carrera, y vuelvo a impartir dos módulos nuevos. Curso tras curso, por un motivo u otro, me ha tocado preparar una parte importante de mi trabajo desde cero. La experiencia ayuda, pero ese trabajo hay que hacerlo igualmente.
Y antes incluso de poner en marcha esas actividades, hay que conseguir que la clase pueda darse en condiciones. Este curso tengo que acoger a 30 alumnos en aulas que no están preparadas para ese número de personas, ni por espacio ni por medios. Hablo de cosas tan básicas como disponer de sillas, mesas y ordenadores suficientes y de un espacio en el que poder trabajar. También nos toca movilizarnos para conseguir esos recursos: pedirlos, insistir, buscar equipos disponibles y reorganizar el aula. En la práctica, es el docente quien mueve mesas y ordenadores, instala programas cuando es posible y se busca la vida cuando los equipos o los medios necesarios no llegan. La falta de recursos acaba convirtiéndose en otra tarea que tenemos que resolver. Ese esfuerzo también forma parte de lo que hay detrás de una clase, aunque rara vez se tenga en cuenta.
Es verdad que, en los últimos cursos, la inteligencia artificial me está permitiendo ampliar mucho las posibilidades de mi trabajo en simulación. La estoy utilizando para crear materiales, recursos, aplicaciones y entornos adaptados a las situaciones profesionales que quiero plantear. De ahí han surgido este curso la Central de Simulación, FactuConta y una centralita virtual, entre otros recursos.
La Central de Simulación permite que la empresa del aula tenga un entorno virtual con el que relacionarse: clientes, proveedores, bancos y organismos públicos simulados. Hay comunicaciones, documentos y servicios que dan continuidad a las actividades. Un encargo puede llegar mediante un correo. Para atenderlo hay que consultar documentación, interpretar lo que se solicita y decidir cómo actuar. Después puede aparecer un movimiento bancario que deba comprobarse o una incidencia que obligue a revisar el trabajo. Preparar ese recorrido exige pensar tanto en cada tarea como en la relación entre todas ellas.
Desliza para ver las distintas herramientas. Pulsa una imagen para ampliarla.
FactuConta permite trabajar la facturación y la contabilidad de la empresa. Lo estoy desarrollando con ayuda de la IA porque, con las limitaciones por motivos de seguridad que nos impone la Consejería de Educación en Castilla y León, resulta complicadísimo trabajar con programas de gestión reales. Este curso, desesperada ya por los constantes problemas para usar los programas en el aula, he decidido crear yo misma una herramienta propia que toma como referencia la forma de trabajar con Aplifisa, el programa con el que suelo trabajar. Así, el alumnado puede elaborar la documentación comercial y contabilizar con un programa que funciona en el navegador y que me permite trabajar sin depender de la instalación de software en los equipos de «Escuelas Conectadas».
Crear una herramienta así implica definir procesos, probarlos, revisar resultados y corregir errores. Guiar a la IA paso a paso para que reproduzca los movimientos y las conexiones del programa de referencia. Hay que comprobar qué ocurre al aplicar un descuento, registrar una devolución o rectificar una factura. Una aplicación puede parecer terminada y necesitar todavía muchas revisiones para funcionar correctamente. Voy por la versión 91, para que os hagáis una idea, y veremos cuándo acabe el curso.
También he creado una centralita virtual de ARREA, que es la empresa simulada con la que trabajo este curso para practicar la atención telefónica. Podemos practicar llamadas de clientes, atender varias llamadas, ponerlas en espera o transferirlas al departamento correspondiente. Llevo años queriendo tener una centralita en clase, sin éxito, para poder preparar mejor al alumnado para atender llamadas telefónicas. Es una competencia que muchas empresas nos reclaman a los centros. Ahora, gracias a la IA, por fin tengo mi centralita virtual.
Pero para utilizarla en clase tengo que preparar quién llama, qué necesita, qué información conoce cada participante y qué dificultad queremos trabajar. Una consulta sencilla, una queja o varias llamadas simultáneas requieren situaciones y apoyos diferentes. Durante la práctica puedo estar interpretando a una clienta, observando cómo se atiende la llamada y tomando notas para comentarlas después. Antes ha habido que construir y probar la herramienta, preparar el caso y decidir qué aspectos se van a valorar. Luego hay que dar feedback personalizado a 30 alumnos. Y hablamos solo de uno de los módulos que imparto este curso.
Este es uno de los usos de la IA que más posibilidades me está abriendo en las empresas simuladas: crear entornos completos en los que aprender trabajando.
Puedo reproducir casi todo el entorno profesional: desarrollar las comunicaciones que ponen en marcha una actividad, los documentos necesarios, las herramientas con las que se realiza y las incidencias que obligan a pensar. Puedo adaptar la complejidad y modificar las situaciones a partir de lo que observo en clase. Todo ello exige criterio profesional y docente. Tengo que explicar con precisión lo que necesito, revisar lo que genera la IA y comprobar que es correcto y adecuado. La responsabilidad sobre lo que llevo al aula sigue siendo mía.
La IA me potencia como docente, no me sustituye.
A lo largo de los años, mi papel como profesora también ha ido cambiando. No me entendáis mal: esto no va de la sempiterna lucha entre el conocimiento y las competencias que sigue poblando las redes docentes. Yo no veo enfrentamiento. Sigo impartiendo de vez en cuando clases magistrales y explicando contenidos. Hay conceptos que necesitan una exposición clara, un ejemplo resuelto o una práctica tradicional en papel para ordenar lo aprendido.
Pero también veo necesario, imprescindible en FP, que el alumnado ponga en práctica sus conocimientos y desarrolle competencias que son las que, al final, le van a permitir desenvolverse en el entorno profesional. Con la simulación empresarial, el acompañamiento por parte del docente es otro elemento esencial: observar, orientar, ayudar a revisar decisiones y saber cuándo y cómo intervenir. Ese papel de coach requiere atención constante a lo que está haciendo el alumnado y a las dificultades que encuentra. Y llevar registros diarios.
Ahora, con la IA, me doy cuenta de que en los últimos cursos una parte muy importante de mi trabajo consiste en crear las situaciones de aprendizaje para mi alumnado. Explicar, acompañar y diseñar se combinan durante una misma sesión.
La sociedad ve dos horas de docencia directa. Detrás hay horas y horas de formación, planificación docente, preparación de materiales y resolución de problemas.
Y cuando termina la clase todavía queda mucho trabajo por hacer: revisar los productos finales, recoger evidencias de aprendizaje y anotar lo que ha ocurrido: quién ha necesitado apoyo, qué errores se repiten, qué debemos retomar y qué conviene cambiar. A veces ese registro y esa reflexión ocupan otra hora después de la sesión.
Ahí, de nuevo, la IA me ayuda en la labor, dado que el diario docente en el que llevo ese seguimiento lo gestiono con una herramienta digital que he creado con ayuda de inteligencia artificial. La utilizo también para desarrollar recursos con los que organizar mi propio trabajo y dar continuidad a lo que observo en el aula.
A todo ello se suma la carga burocrática: elaborar y revisar programaciones, redactar memorias, registrar las calificaciones por resultados de aprendizaje (RA) y cumplimentar la documentación que se nos exige. La evaluación requiere observar, corregir, valorar y, además, dejar constancia de todo ello. La burocracia ocupa tiempo real de nuestra jornada, un tiempo que también cuenta como trabajo aunque no estemos delante del alumnado.
La cantidad de trabajo de un docente puede ser ingente. Y buena parte de ese trabajo resulta invisible para el alumnado, las familias y la sociedad.
Acercar la FP a la realidad laboral requiere actualizar conocimientos, revisar procedimientos, conocer herramientas y ajustar continuamente las actividades. Además de enseñar lo que sabemos, tenemos que seguir aprendiendo.
Este es mi ejemplo. Otros docentes podrían explicar el trabajo que hay detrás de sus clases, con otros métodos, recursos y circunstancias. El respeto a nuestra profesión debería abarcar esa diversidad, sin exigir que cada profesor desarrolle sus propias aplicaciones para demostrar que trabaja. Me gustaría que se hablara de educación con más conocimiento de lo que sucede dentro y fuera del aula. Que la preparación, la evaluación, el seguimiento y la actualización profesional contaran también cuando se juzga nuestra dedicación.
La mayoría de los docentes que conozco son así: se dejan la vida para formar a su alumnado. Casi nunca recibimos un agradecimiento; a veces llega el de algún alumno, y significa mucho. No cobramos más por este trabajo, ni nos cuenta para la competencia digital docente ni para la carrera docente. Nos complicamos así la vida porque creemos que es la mejor forma de formar a nuestro alumnado.
También hay docentes que no se implican como deberían. Haberlos, haylos. Pero, entre los que conozco, son la excepción. Y me parece injusto que esa excepción sirva para juzgar a toda una profesión.
Las horas lectivas son la parte más visible de nuestro trabajo. Reducir toda la jornada a ellas borra una parte esencial de lo que hacemos.
Si de verdad queréis conocer cómo es el trabajo de una docente, os invito a venir a mi aula. Estaré encantada de enseñaros cómo trabajamos y contaros cómo preparo mis clases. Mi puerta está siempre abierta.



